ManuMateo
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la Valija del Caminante

El santiaguero es ante todo cubano

este es un extracto del libro "CUbADERNO: un recorrido insólito por el oriente cubano"

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Un santiaguero es ante todo cubano, lo es por partida doble ya que hasta inicios del siglo XX a Santiago se le denominada Cuba (aún algunos viejos lo llaman de esta manera). Y aún ser cubano es una forma vaga de identificar a un pueblo que comparte raíces, lugares y colores con medio mundo.

El cubano es en sí mismo un crisol de identidades con personalidad propia: algo le queda del siboney, del taíno, del aborigen antillano; también del español (al que igual tachan de despótico genocida como de oportuno conquistador); de aquel francés que algún día huyó de Haití; del europeo, del americano, del asiático que alguna vez transitó por este mar mediterráneo que es el Caribe; y por supuesto del africano que arrancaron de su tierra como bestia incivilizada.

Es ese aire híbrido y enriquecido del criollo, del mulato, que afirma con orgullo que “el que no tiene de congo tiene de carabalí”, que por todos de una forma u otra corre sangre africana. Es esa hospitalidad verdadera que han desarrollado con el paso de los años, esa felicidad innata e inherente a la simple alegría de vivir, esa calidez compartida con el clima, la explosividad propia del paisaje, es esa manera peculiar de caminar que no es nada distante del movimiento que da comienzo al baile.

Santiagueros

El santiaguero no camina, baila. No habla, canta. No gesticula, actúa.

De seguro que si le preguntas a cualquiera “¿Qué volá? ¿Comó estás?”, te responderá con un “aquí, en la luchita”. Y es que está siempre presente esa idea de que el día a día es una batalla por una vida digna en una perpetua revolución. La lucha, la guerra cotidiana. Nada viene sólo, todo hay que buscarlo, “claro mijo, hay que invental”.

Los sueldos son siempre insuficientes, y más teniendo en cuenta que suelen ir a parar al sustento familiar, así que es necesario inventar otro aporte económico, en muchos casos “por la izquierda”. Vendiendo tu puesto en una cola, limpiando botas, arreglando fosforeras (mecheros), cuidando bicicletas, custodiando cualquier sitio custodiable (o no), montándote tu “timbiriche de trabajador por cuenta propia”, cambiando divisas o vendiendo cualquier fantasía por la calle o en tu propia casa. O bien, como resumen algunos, teniendo fe, es decir FE: Familia en el Extranjero.

El alboroto callejero viene siempre acentuado por algún grito que ofrece un “¡hay maní!”, “¡buen maní!”, “¡maní, maní!”. O hay ajos, naranjas, yuca, malanga, guayaba, mango, aguacate, quimbombó, piña, hallaca... cualquier cosa, oye.

Como aquel viejete de la calle Enramadas, que caminaba pesadamente cargando escobas, sólo, silencioso, ignorado entre el mar de gentes. El tipo tenía una táctica infalible para llamar la atención. Cuando se encontraba bien rodeado por la multitud, soltaba de repente un “¡¡ES-COOO-BAAAS!!", que parecía que tuviera el diablo dentro. La gente se reía, nerviosa, del puro susto que se le quedaba encima.

Santiaguero

Y eso que hay un fantasma que sobrevuela todos los mundanos quehaceres, el fantasma del miedo, que te acompaña a todas partes. ¿Pero miedo a qué? Pues miedo especialmente a estar vigilado, o más bien, a sentirse vigilado. Esa alargada sombra invisible que con el tiempo puede llegar a ser el más terrible de los controles, la autovigilancia, la que te convierte en tu propio inquisidor. Existe un estado de permanente alerta, de desconfianza, incluso en tu propio barrio cuando sientes que te controlan pero no sabes con qué ojos. De los CDR (los famosos Comités de la Defensa de la Revolución) se canta que la solución fue “en cada cuadra un comité, en cada barrio revolución”. Y hay quien añade que “en cada cuadra un chivatón”.