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la Valija del Caminante

Reportaje fotográfico por el río Cayapas: un viaje a lo profundo del Ecuador negro

Noroeste de Ecuador, provincia de Esmeraldas, muy cerquita de la frontera colombiana. Desde la población de Borbón, tomamos una lancha y nos adentramos río arriba. No es el transporte más cómodo del mundo, pero las vistas durante el trayecto compensan de largo cualquier molestia.

Nos dirigimos hacia una comunidad que se encuentra a unas tres horas de viaje. La selva se extiende más allá de las orillas del río. Sin embargo, de vez en cuando, aparece una pequeña población tras algún recodo. En algunas de ellas, el lanchero hace una rápida parada, como si fuera un autobús fluvial, recoge algún pasajero y deja algún paquete. Para sus habitantes, el río es su vida: es la plaza del pueblo, es el patio del colegio y también es carretera.

Aunque la comunidad afro es mayoritaria, también conviven en la zona con otras comunidades indígenas, como los Chachi. Según nos cuentan, conviven en paz aunque no existe mucha interacción entre ellos. Según avanzamos por el río, nos vamos cruzando con lanchas que vienen y lanchas que van.

Finalmente llegamos a la comunidad donde somos recibidos con alegría. Aquí todas las noticias vienen con el río. No hay carreteras ni otros medios para llegar. No hay cobertura, ni agua potable, ni saneamiento. Algunos, eso sí, disponen de antena parabólica. Ya puedes aventurarte al rincón más recóndito del mundo, que lo más probable es que encuentres una casa con parabólica.

Nos alojamos en la casa de huéspedes que tienen a medio hacer. Está enteramente construida con materiales de la zona. Las paredes son de caña guadúa, el piso de un tipo de palmera muy resistente. La cubierta está levantada en algunos tramos debido al pasado temporal, pero las vistas son inmejorables.

Los habitantes de la comunidad son gente hospitalaria, alegre y atenta. Los mejores anfitriones que podríamos tener. Al día siguiente acompañamos a algunos de ellos en sus quehaceres cotidianos. Siempre río arriba, río abajo.

El padre de nuestro acompañante vive en su propia cabaña apartado de la comunidad, un poquito más lejos. Allí tiene sus propios cultivos y algunos animales. Ahora se encuentra recolectando los frutos del cacao y sacando algunos granos que más adelante se convertirán en chocolate.

Hoy domingo es día para la familia. Y para el recuerdo. Antes de llegar al embarcadero, nos juntamos para inmortalizar el momento.

Insisten en que les acompañemos al cementerio, a rendir homenaje a un fallecido cercano. Cogemos "el autobús" para alcanzar la comunidad vecina.

Algunos muertos descansan bajo una losa sencilla, otros directamente bajo un abultado montón de tierra. Las propias tumbas están protegidas por una rudimentaria techumbre que protege de las inclemencias del clima. Los muertos a pesar de serlo, también las sufren.

Los rostros serios, las expresiones reflexivas. Los cantos y las oraciones se suceden mientras tanto a lo largo de toda la mañana. Regresamos a casa, "Dios nos guía".

Es costumbre de estas comunidades reutilizar las canoeras para cultivar. Las elevan del suelo para proteger las plantas de las crecidas, de los insectos, de las gallinas. Y ahí hacen crecer la cebolla, la chillangua, el orégano, la albahaca y otras hierbas con las que preparar aliños caseros.

La guaba es el fruto de un árbol que crece por estas regiones tropicales. Es una vaina larga que contiene unas semillas recubiertas de una pulpa comestible y de sabor suave y dulce. Sabrás que llegó la temporada de guaba cuando te encuentres con las semillas y las vainas tiradas por el suelo allá por donde vayas.

Es la hora del recreo. O la hora del baño. O simplemente hace calor y cualquier excusa es buena para darse un buen chapuzón.

El río también es fuente de alimento. Algunos pescan desde las canoas, otros supervisan las catangas, unas jaulas de madera para atrapar camarones. Otras se lanzan directamente al agua y se sumergen para coger lo que llaman gasapos, otro tipo de camarón que se esconde en los agujeros de la roca.

Cae la lluvia de manera torrencial y nos cobijamos a esperar a que pase. Si es que pasa.

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Nuestro anfitrión es lanchero. Se gana la vida recorriendo el río transportando personas y víveres. El primer trayecto del día lo realiza en dirección a Borbón y tiene que salir cuando aún no ha despertado el día para aprovechar la jornada. Es noche cerrada, pero el lanchero conoce bien los pormenores del camino, cada piedra, cada recodo, y se ayuda de una linterna sólo cuando le hace falta. Las aguas nos empujan río abajo con energía tras el diluvio de la noche pasada. Nuestro guía sin embargo está tranquilo. Sonríe y nos tranquiliza: "la lluvia es alegría para los lancheros".