ManuMateo
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la Valija del Caminante

Mi paso por la Comarca

Anduve perdido caminando durante días por los altos páramos de los Andes ecuatorianos. Atrás había dejado el Último Puente y las fuentes de Güitig, un manantial de agua burbujeante a la que los lugareños atribuyen toda clase de poderes curativos, y no me había cruzado con nadie desde aquella cálida posada de Machachi, hacía ya algunas lunas.

Cuando ya arreciaban el frío y el hambre, y la desesperación se apoderaba de mí, una luz pareció dibujarse en el horizonte, en la colina, detrás de los suaves cerros ondulantes. Fui acercándome animado por el optimismo y poco a poco empezó a adivinarse una columna de humo que sugería el calor de algún hogar.

No salía de mi asombro. ¡Alguien había cavado su casa en la colina misma! "Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey", tal como explicaba el libro aquel que narraba las peripecias de hobbits y enanos. ¡Pero aquello era pura fantasía, fruto de la imaginación de algún loco! Esto sin embargo era real, así que ¿dónde estaba?

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Cuando pude fijarme, advertí que no había sólamente una casa. Era un pequeño poblado, con sus caminitos de piedra y barandillas de ramas entrelazadas, cada puerta pintada de un color diferente. Se respiraba tranquilidad y no parecía haber nadie en casa, así que llamé a la puerta antes de entrar, y me cobijé en el interior.

La chimenea estaba encendida como si alguien me hubiera estado esperando. Me despojé de las ropas húmedas y me puse cómodo en este agujero que ahora era mi refugio. "No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad."

Me senté en la cama y miré por la ventana. Hasta ahora no había podido detenerme a admirar el paisaje que se extendía ante mí. Era majestuoso. Justo enfrente se elevaba una Montaña Solitaria que se recortaba contra el cielo, clarita en el horizonte, con su cumbre cubierta de nieves perpetuas. Según un mapa que colgaba de la pared, se trataba del volcán Cotopaxi, de 4.900 metros de altura.

Me animé y me aventuré a dar un paseo por los alrededores. Todo estaba cuidado al detalle, con mucho cariño y esmero. Las plantas crecían por todos lados, incluso en los lugares más insospechados. 

Y también había animales. Por los prados cercanos deambulaban algunos toros, caballos, vacas. Otros extraños seres llamaron poderosamente mi atención y me quedé largo rato examinándolos. Tenían un pelaje lanudo, como de oveja, pero poco tenían que ver con aquellas. Eran más voluminosas, como caballo menudo, pero sus cuellos se alargaban de manera singular. En cualquier caso lo más sobrecogedor era su mirada, altiva y dócil por igual.

¡Ah! Respiré aliviado por haber tenido la suerte de encontrar tan mágico lugar. Medité durante un momento la posibilidad de continuar mi viaje, pero entonces giré la cabeza y miré hacia la puerta redonda de mi curiosa nueva morada. De pronto las ganas de correr aventuras desaparecieron y una extraña sensación se apoderó de mí. Deseé permanecer allí al calor del hogar, plantar un pequeño jardín para cuidar de todo aquello que crece, sentarme cada tarde en la mesa junto a la ventana a escribir historias pasadas. Deseé quedarme allí y decidí hacerlo. Aunque sólo fuera por unos días.